
Presentación de Pasión y Fe en Madrid
Por Pío Serrano
Marzo 2007
Me resulta especialmente grato presentar Pasión y fe, una obra escrita por una emigrante latinoamericana residente en Ginebra, por lo que tiene de simbólico en la mejor tradición suiza de acogida a escritores de otras latitudes. Esta tierra, tradicionalmente favorable a brindar asilo y refugio a los perseguidos, en su momento abrió las puertas a algunos de los autores que, por distintas razones, han representado un hito en mi propia formación o singulares momentos de delectación de la lectura. Tales han sido lo casos de Hermann Hesse, ese espléndido autor, llegado aquí horrorizado por el auge del nacionalsocialismo en Alemania y que nos ha conducido a sucesivas generaciones de jóvenes y adolescentes a profundizar en experiencias espirituales que nos han hecho mejores seres humanos; o el de María Zambrano, la pensadora española más influyente después de Ortega y Gasset, refugiada en estas tierras de la larga noche oscura del franquismo; o de Patricia Highsmith, esa gran señora del crimen y de la penetración psicológica, que desde su Norteamérica natal encontró aquí el reposo suficiente para soñar las sutiles tramas de sus inquietantes relatos.
En este contexto, pues, me felicito por presentar una obra que también ha necesitado de la distancia y, lo que aun es más importante, que ha encontrado el reposo, la comprensión y el clima de tolerancia que le ofrece la sociedad suiza para abordar una escritura donde abrir su conciencia de mujer latinoamericana.
Es de todos conocido cómo la más reciente literatura latinoamericana ha recuperado felizmente la voz de la mujer, que, con autenticidad y destreza literaria, ha llegado para depositar en el lector el universo de su intimidad, al tiempo que exponer, desde su punto de vista, esa enrarecida madeja de relaciones entre el hombre y la mujer que ha generado desde siempre resultados desfavorables a la mujer.
Y no es que en nuestra tradición literaria hayan faltado voces femeninas que denunciasen el desalentador estado de la cuestión. Ya, desde los tiempos coloniales, hubo en la América hispánica decididos reclamos que señalaban la necesidad de lo que hoy llamaríamos un trato más justo o de una relación paritaria entre el hombre y la mujer. Estoy seguro de que en la mente de todos están los luminosos versos de la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz que, desde fecha tan temprana como el siglo XVIII, proclamaba en sus redondillas aquello de
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois ocasión
de lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Ahora, por suerte, disponemos de una escritura alentada por mujeres que, no de manera tan ingenua, recuperan su propia expresión. A las voces de Laura Restrepo, Ángeles Mastreta o Isabel Allende, entre otras, de todos conocidas, en Verbum hemos querido dar un espacio a otra voces nuevas, provenientes también de ese espacio latinoamericano recorrido por esa recobrada y justa inquietud de género.
Así, en Verbum hemos recuperado las apasionadas y contundentes reflexiones de la Condesa de Merlin, del siglo XIX, y figuras contemporáneas como la colombiana Consuelo Triviño, la cubana Lilliam Moro, la argentina Noni Benega, la costarricense Dorelia Barahona, la panameña Stella Dupuis y, por supuesto, la autora, cuya última novela presentamos esta noche, Maritza López-Lasso.
De Maritza López-Lasso tuvimos el gusto de presentar en 2002 su primera novela, Ajuste de cuentas, una obra que es la segunda parte de una trilogía, cuya tercera entrega presentamos hoy, Pasión y fe. Sobre la suerte de la primera parte de esta trilogía será mejor que lo explique más adelante la propia autora.
Como editor y con respecto a la escritura de Maritza quiero subrayar los tres factores que más atrajeron nuestra atención: el uso de la lengua española, la selección del territorio hispanoamericano y la aguda penetración en los conflictos más universales de la mujer.
No es frecuente que un autor, después de residir cerca de dos décadas en el ámbito de una nueva lengua, tenga el coraje de regresar a su lengua de nacimiento. Quizás uno de los casos más representativos de la tentación que produce en el escritor la nueva lengua de recepción sea el del polaco Joseph Conrad quien, después de fijar su residencia en Inglaterra, se adscribió a la lengua inglesa para entregarnos el atormentado universo de sus historias. Este no es el caso de Maritza López-Lasso. Ella, después de vivir en Francia, Italia y Suiza, optó por regresar a sus orígenes y recuperar su identidad mediante el lenguaje con el que se asomó al mundo y con el que comenzó a nombrar el universo de su infancia. Comprendió que únicamente viajando al centro mismo de su lengua podría, a pesar de todos los riesgos, recuperar las zonas más profundas e íntima de su personalidad. El resultado es una obra auténtica, donde la lengua española, matizada por la riqueza del habla panameña y centroamericana, es la sangre vitalizadora por la que corre su historia. Y esta fue para mí la primera y grata sorpresa que encierra esta novela.
Por otra parte, no creo que Maritza López-Lasso habría tenido mayores dificultades en seleccionar un escenario más inmediato, el europeo en el que reside, para situar su mensaje, en muchos sentidos de amplia resonancia universal. Sin embargo, prefirió asumir el reto de situar la trama de su novela en el territorio americano, la mayor parte en la América hispana y brevemente en Norteamérica. De nuevo la vocación de autenticidad sirvió de acicate para que nuestra autora hiciera un esfuerzo de inmersión en los personajes, los contextos políticos y sociales, los hábitos y circunstancias propios en los que transcurrió la primera mitad de su vida. De ahí probablemente el carácter de autenticidad y de versosimilitud con que la obra llega al lector.
No menos extraordinaria me pareció la valentía con que la autora aborda la situación discriminada que debe padecer la mujer, en particular en Latinoamérica, pero que de ninguna manera es patrimonio exclusivo de la mujer latinoamericana. Nora –como la Nora Helmer, personaje de Casa de muñecas, de Ibsen– se rebela contra quienes desean reducirla al papel tradicional de mujer sumisa y dócil. Transgresora y rebelde, apoyada en una comunicación extrasensorial que le muestra el sentido último de su existencia, Nora nos hace saber que en la tolerancia de la injusticia y de la discriminación se encuentra la más ilegítima de las opciones.
Son, pues, estos tres factores los que dotan de singularidad y excelencia a esta novela que, sin duda, habrá de convertirse en un referente obligado de la literatura escrita por mujeres en la América hispana.
PÍO E. SERRANO
Casa de América, Madrid, 29 abril 2007
