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AUTOBIOGRAFÍA

Para quienes no me conocen, me llamo Maritza López-Lasso. Y soy escritora.

Mis primeros textos fueron largas cartas redactadas para sostener moralmente a amigos que habían dejado mi país de nacimiento –Panamá– para continuar estudios en el extranjero. Por aquel tiempo (1975-1980) pensaba que debía ser extremadamente difícil dejar la familia, los amigos, el país y, en muchos casos, hasta la lengua para ir en busca de un algo incierto. Digo “un algo incierto” porque la mayor parte de mis amigos partía sin saber siquiera la lengua del país al que se dirigían. En mi mente de joven adulta eran demasiados desafíos y me inquietaba por ellos. Mi manera de alentarlos, pues, era enviarles regularmente noticias de sus familias (por diversas razones la familia de estos amigos no les escribía) y hacerles sentir que no estaban solos.

No sabía entonces que un día no muy lejano yo también dejaría el bienestar de mi hogar para recorrer otros mundos y que mi vida sería una cascada de desafíos.

El primero de estos desafíos fue la lengua. Recién casada con un francés, colega profesional en la universidad estatal en la que enseñaba, dejé mi tierra natal para comenzar una nueva vida en Francia. Decidí que si iba a vivir indefinidamente en ese país debía aprender bien la lengua y así lo hice. Me inscribí en una reconocida escuela de lenguas y a los tres meses hablaba fluidamente la lengua de Molière. El mismo año de mi llegada a París, tras recibir la noticia de que mi diploma de ingeniera civil había sido reconocido por la École des Ponts et Chaussées, una de las escuelas superiores más prestigiosas del país, ingresé en ese mismo centro de estudios para continuar con el post grado. Un año después recibía, con mención “notable”, la maestría en Ciencias y Técnicas en Edificios. Lo que me estimulaba a incrementar mi calificación profesional era demostrar que, aunque proviniera de un país considerado subdesarrollado, mi nivel de instrucción estaba a la par de un autóctono.

Por motivos vinculados al trabajo de mi esposo, la vida me llevó a Italia. Un nuevo desafío se abría ante mí. Una nueva cultura, incluida, de nuevo, la lengua. Gracias a mi capacidad e interés de comunicación humana aprendí el italiano con la misma facilidad con que, algunos años antes, lo había hecho con el francés.

En Italia, después del nacimiento de mis dos hijos, sentí la necesidad vital de escribir. Tenía la impresión de que a fuerza de integrarme en otras culturas y practicar otras lenguas estaba perdiendo las raíces que me ligaban a un pasado rico en experiencias. Me sentía como una lozana rosa arrancada a la planta que la alimentaba y que sólo durante un par de días podría sobrevivir en un poco de agua, pero cuyo ineluctable destino era la muerte. Por momentos también me sentía como un pajarito viviendo en una prisión dorada o como una partícula de gas en el interior de un volcán a punto de hacer erupción.

Con esa necesidad vital de escribir un nuevo desafío se presentaba ante mí: ¿Sería capaz de escribir –yo, que había estudiado una carrera técnica que nada tenía que ver con la literatura– en una lengua que, a ojos vistas, se me escapaba de las manos? Tenía la posibilidad de hacerlo en francés puesto que, como pensaba entonces, estaba destinada a seguir hablando la lengua de mi marido, pero decidí escribir en español como una forma de rescatar mis orígenes, mis raíces.

Así fue como escribí mis primeras tres novelas. Ellas muestran mucho de mí, de mi país, de un mundo lleno de música, de colores, de experiencias ligadas a un modo de vida extraordinariamente rico pero en el que existe muy poco respeto por el otro: sus derechos, sus opiniones y, sobre todo, por el papel de la mujer en esa sociedad.

Tras escribir una novela de suspense (Bajo el cielo de Toscana) que se desarrolla en Italia, en mi quinta novela (El juego del por qué), cuya trama se desenvuelve en Ginebra, he querido mostrar el choque de dos culturas: la hispanoamericana y la europea. Para escribirla me basé en mis propias observaciones, anotadas pacientemente durante diez años en mi diario.
Mi sexta novela, “Contrato de matrimonio de duración determinada”, pone en tela de juicio las convenciones sociales del matrimonio.

Finalmente, con “La chamana urbana”, trato de demostrar que las distintas opciones religiosas, las aparentemente primitivas y las más elaboradas no son más que los rayos de un mismo sol y con cada uno de ellos, según nuestro nivel de evolución espiritual, podemos llegar al centro de nosotros mismos.

Mis novelas son el producto de inquietudes relacionadas con las diversas culturas a las que me he visto confrontada, con las reglas sociales que el ser humano, de generación en generación ha aceptado sin cuestionarse y con temas existenciales.

 
Biografía