El teatro de la vida
Mundo Hispánico
Mayo 2011
Cuando vivimos lejos de nuestro paÃs tendemos a idealizarlo o a denigrarlo. Muy raramente mantenemos un punto de vista objetivo.
Cuando dejé Panamá, hace cerca de veinticinco años, me llevé una carga de emociones negativas, que comencé a evacuar solamente gracias a la escritura.
Este relato, escrito hace cerca de diez años, es un esbozo de la visión que yo tenÃa de mi terruño cuando llegué al Viejo Mundo.
La mujer que escoge la vida fácil, el ladronzuelo de buena o mala pinta, asà como el borracho que se pasea por las vetustas calles tarareando sus penas o sus alegrÃas no eran más que grises pinceladas en el triste cuadro de mi pasado.
Hace algunos dÃas visité el Casco Antiguo de Panamá, barrio del que me inspiré para escribir esta historia. Las mismas construcciones, casas de estilo colonial y calles de ladrillo, ya no me parecen carcomidas por el cáncer de la suciedad. La sonrisa de la mujer que, parada en una esquina saluda a los pasantes ya no me parece demasiado abierta. El guapo que camina con su paso mitad marcha mitad danza, o el borracho que silabea incoherencias ya no me parecen amenazadores.
El escenario y los actores son los mismos pero mi punto de vista ha cambiado. Hoy soy conciente de que los dramas humanos son necesarios para realizar una buena pieza de teatro.
La vida te da sorpresas
(Relato)
Para Rubén Blades, homenaje.
Esa mañana, desde que se levantó, la mujer supo que algo malo pasarÃa. Lo supo por la sensación de pesadez en el centro mismo de su alma; como si una araña, renegrida de pura maldad, acechara cada uno de sus movimientos, para, al menor descuido, atacarla desde su interior.
Era la misma sensación que habÃa sentido cuando la hija de Lola fue asesinada y cuando el marido de su tÃa Luisa se suicidó. Sólo que en esas dos ocasiones el sentimiento de maldad extrema habÃa sido acompañado de sueños premonitorios. Esta vez, sin embargo, no encontró una sola imagen que le sirviera de indicio de la manera en que se desarrollarÃa aquel dÃa.
La mujer revolvió el amarillo encendido de su cabellera, y al advertir que las raÃces negras alcanzaban una altura delatora, se dijo que ese dÃa comprarÃa por fin el tinte para prolongar el coqueto engaño. Los hombres preferÃan las rubias a las morenas y la calle estaba tan dura que lo mejor era complacerlos.
Estaba a punto de salir de su cuartucho cuando de nuevo tuvo el presentimiento de que algo malo pasarÃa. Se detuvo, volvió sobre sus pasos y abrió uno de los cajones de la cómoda. Hurgó en el revuelto interior hasta encontrar una pequeña pistola que le habÃa sustraÃdo a uno de sus clientes como pago a los servicios prestados.
Recordaba ese dÃa como si acabara de vivirlo. Estaba en “El gato tuertoâ€, el bar donde solÃa encontrar a la mayor parte de sus clientes. El hombre (después supo que se llamaba Pedro), aunque de buena pinta no le habrÃa llamado la atención si, tras haberse sentado a su lado en la barra, y pedido un cubalibre, no hubiera sacado un fajo de billetes. El que estaba a la vista era de veinte dólares. Ella, que se las daba de lista, debió haber pensado en la posibilidad de que no todos fueran iguales. En efecto, algunas horas más tarde, cuando le dijo a Pedro lo que le debÃa por su esmerado servicio, el hombre, todavÃa bajo los efectos de su borrachera, sacó los tres mÃseros billetes de un dólar que le quedaban. Con la intención de desvalijarlo revisó todos los bolsillos, pero lo único que encontró fue esa pequeña pistola. No tenÃa la menor idea de si estaba cargada o no. Ni siquiera sabÃa si era de juguete, pero le gustaba llevarla consigo cuando sentÃa alguna oscura premonición. Y ese dÃa sentÃa, sobre su cabeza, la viuda negra de la amenaza.
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Con el balanceo que tienen los guapos al caminar, el hombre recorre la avenida del rufián. Esconde su rostro detrás de un par de gafas de sol y de un sombrero panamá, cuidadosamente combinado con la ropa y los zapatos. En la esquina de la panaderÃa dobla a la izquierda y, luego de caminar una veintena de metros, se detiene. Mira hacia uno y otro lado de la calle para asegurarse de que nadie lo ve y de una de las ranuras del muro comido por el cáncer de la suciedad retira un objeto. Lo mete en uno de los bolsillos delanteros de su pantalón y continúa con su paso, mitad marcha mitad danza, en dirección del malecón. Ha recorrido media cuadra cuando ve, como cortándole el paso, el callejón. Oscura boca de sombras espesas. Maldito callejón –se dice adentrándose en las sombras y recordando el incidente de la semana anterior.
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HabÃa acudido a ese mismo lugar porque un hombre lo habÃa citado. Para proponerle un negocio –le habÃa adelantado por teléfono. Por supuesto, no le extrañó que el encuentro fuera en un callejón. Era el tipo de lugar donde solÃa tener sus citas: lejos de las miradas indiscretas. Ese dÃa habÃa cerrado un buen bÃsnes y caminaba seguro de sà mismo con el bolsillo repleto de billetes. Apenas habÃa dado unos pasos en dirección del callejón cuando su mirada rapaz descubrió que un hombre, un segundo antes inmóvil como si esperase a alguien, comenzaba a andar lentamente en su dirección con un movimiento que le recordó al de su abuela, cuando querÃa acorralar a un animal.
El guapo volvió la mirada hacia el interior del callejón y se dio cuenta de que quien lo esperaba era el padre de Candelaria, la chiquilla que habÃa preñado unos meses antes. El padre estaba ahà para ajustar cuentas. Se volvió a toda prisa con la intención de escapar, cuando vio que un tercer hombre se acercaba. Era el hermano de Candelaria. El guapo estaba acorralado. Ãgil, como una pantera, sacó su navaja de cierre automático y liberó de su mortal abrigo la afilada hoja. El padre de Candelaria y el desconocido también llevaban navajas.
El primero en caer fue el hermano de Candelaria. Después de los primeros segundos de sorpresa, el padre se lanzó al ataque con una rabia renovada. La calle, llena de curiosos, era una gozosa algarabÃa que azuzaba a los contendientes. El guapo sintió la frÃa lengua de una cuchilla penetrar en su lindo rostro. No sabÃa si la herida era profunda, pero no le interesaba. Esos hijueputas habÃan osado tocar su linda cara y lo pagarÃan. Cegado por la ira, más herido el orgullo que la carne, el guapo se abalanzó sobre el padre de Candelaria y tras hundir salvajemente la afilada hoja en su estómago, la removió hacia uno y otro lado, como queriendo despedazarlo.
Al ver la sangre que derramaba el estómago sajado o, tal vez, al darse cuenta de que un par de policÃas se acercaban, el tercer hombre se dio a la fuga rompiendo la barrera humana que habÃa invadido el lugar. El guapo también vio aparecer a los policÃas y tras accionar el cierre automático de la navaja la disimuló en el cuenco de su mano. Mientras uno de los policÃas echaba un vistazo a los hombres tirados en el suelo, el segundo le dijo al guapo que se volviera contra el muro. Fue en ese momento que vio la ranura salvadora. Aprovechó que el policÃa barrÃa con la mirada a los curiosos y escondió el arma del crimen. En la comisarÃa, gracias a la falta de pruebas (no habÃa aparecido el arma asesina) y a la ausencia de testigos (como era lo usual, nadie vio nada) le resultó relativamente fácil demostrar que habÃa sido atacado por una banda de maleantes. Sin embargo, los hijueputas policÃas, luego de dejarlo una semana a pan y agua, le robaron hasta el último céntimo.
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Al menos me queda mi querida navaja, mi compañera de la calle –rumia extrayendo el instrumento del bolsillo. Veamos lo que nos trae el dÃa. Juntos encontraremos algunos pesos para comer –se dice mirando acariciadoramente su útil de trabajo.
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La mujer camina con su paso de cazadora urbana desde el malecón en dirección a la avenida del rufián. Verifica que nadie la vigila y saca los billetes que llevaba escondidos en el sostén. Tras contarlos, se pregunta el mejor uso que puede darles. Si me compro el tinte se me acabarán, pero aumentaré la posibilidad de encontrar clientes. Si me compro un buen plato de comida saciaré el hambre que me da tirones en el estómago, pero igual gastaré los billetes. Ya estoy que ni la cucarachita Mandinga –recuerda fugazmente el cuento que le relataba su abuela cuando era una mocosa. DistraÃdamente vuelve a contar los billetes sin reparar en que desde un callejón alguien la observa.
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–He aquà nuestro primer cliente del dÃa –el guapo le habla a su navaja–. Sólo la asustaremos. ¿Okay?
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La mujer abre la cartera, aparta la pistola y, luego de acomodar los billetes, continúa su camino con el gozoso paso de una profesional de la calle.
–Oye, mami, ¿adónde vas tan deprisa?
La mujer se alegra al pensar que es el primer cliente del dÃa.
–¡Ay, papito, no estás en na! –dice al ver que el guapo la amenaza con la navaja–. Yo estoy más limpia que una sábana acabaÃta de lavar.
El guapo sonrÃe y un destello de luz se refleja en su diente de oro.
–No es verdad, mamacita. Acabo de ver cuando contabas los billetes.
–No friegues –dice la mujer reanudando su paso–. Lo que tengo en la cartera no me alcanza ni pa comé.
El guapo está desconcertado, pero no se da por vencido.
–No estoy jugando –asegura–. Dame todo el dinero que tienes ahà dentro –señala con la cabeza la cartera.
–Ya sabÃa yo que éste no era mi dÃa de suerte –dice la mujer abriendo la cartera, pero, en lugar de tomar los billetes, empuña la pequeña pistola.
–Vete a joder a otra parte –dice amenazando al hombre.
–Esconde tu juguete. Desde lejos se ve que es de mentira.
Con la intención de intimidarlo, la mujer, que no es diestra en el manejo de estas armas, tira del gatillo. El estampido que sale del arma es tan grande, que por un momento piensa que ha caÃdo un rayo muy cerca del lugar. Sólo cuando ve los ojos exageradamente abiertos del guapo comprende que la pistola estaba cargada. Pero es demasiado tarde. Con los retazos de fuerza que ha logrado robar a su cuerpo mortalmente herido, el hombre ha clavado la navaja en su estómago y cae arrastrándola sobre la acera.
A diferencia de la semana anterior, la calle está desierta. Los curiosos se han ido en masa a la avenida contigua, donde se enfrentan dos bandos enemigos. Desde allà se acerca, oscilante, un borracho. “Me llamo Pedro y soy un campeón –silabea con dificultad–. Me llamo Pedro y soy un guapónâ€.
–Pedro, maricón –agonizante, la mujer logra articular.
El borracho mira hacia abajo y descubre los dos cuerpos.
–Este pelo lo conozco –dice tratando de mantener el equilibrio–. Y esta pistola también –se agacha con dificultad y toma el arma–. Ay, Santa Bárbara, pero si es mi dÃa de suerte –agrega tomando la navaja del guapo y los billetes de la cartera de la mujer–. Ahora puedo llamarme Pedro Navaja.
–La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios –el borracho se aleja y canta.
Publicado en la Revista "Mundo Hispánico"
www.mundo-hispanico.ch
SUIZA - Mayo 2011
