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Marsilia y la mola
Mundo Hispánico
Enero 2011

Al final de mi niñez, mi familia empleó a una india kuna para que se ocupara de la limpieza de nuestra casa. La chica se llamaba Marsilia y tenía mi edad. Con ella aprendí algunas palabras de su dialecto y comenzó mi interés por ese grupo indígena, uno de los tres más importantes de Panamá.

Los indios kuna viven, principalmente, en aldeas implantadas en las 360 islas y arrecifes que forman la comarca de San Blas, en el noreste del país. Un aspecto importante en esta cultura es la confección de “molas”, forma de arte textil que utilizan las mujeres en su vestimenta. La técnica de la mola consiste en la aplicación de pedazos de tela superpuestos cosidos con una puntada especial, conformando intrincados y extraordinarios diseños.

Cuando mi madre no estaba en casa, Marsilia solía meterse en su cuarto. A veces yo entraba y la encontraba sentada en su cama, llorando sobre un pedazo de mola. Cuando esto sucedía me acomodaba a su lado y, en silencio, observaba cada detalle de su mola.

Marsilia no mostraba gran disposición para la limpieza de una casa y al cabo de un año fue despedida. Pocos días después de su partida mi madre constató que le faltaban algunas de sus joyas. Con la tenacidad que siempre la ha caracterizado, mi hermana emprendió un penoso viaje de rastreo hasta que dio con la chica en la isla en que moraba.

Al inicio Marsilia negó el delito, pero ante la insistencia de su padre, hombre severo e incorruptible que resultó ser el cacique de la aldea, la joven terminó por entregar las joyas. El padre, molesto por la falta de su hija, le prometió a mi hermana un castigo ejemplar para la chica.

Nunca más tuvimos noticias de Marsilia, pero mi mente prolífica creó un cúmulo de historias, más extravagantes las unas que las otras. “La Mola” es una de ellas.

 

La Mola

Su piel, de un canela cenizo, tenía la brillantez del sol reflejado en una superficie pulida. Su nariz, curvada en la parte inferior por el uso permanente de la argolla que colgaba de su tabique, sugería el pico del águila real. Sus ojos, oscuros y penetrantes, reposaban, soñadores, sobre su obra: su mola.

Era una chiquilla cuando su abuela la inició en la técnica de las molas. Con retazos de tela, la Kata –como la niña la llamaba– le cortaba el contorno de los dibujos y ella los cosía meticulosamente. Sólo que eran molas pequeñas. Molas que usaba para vestir su muñeca de trapo, regalo de una extranjera.

La Kata no le escatimaba elogios. Le decía que sus molas hablarían por sí solas; le aseguraba que, a diferencia de sus ancestros quienes precisaban de antiguos rituales para mejorar la calidad de su trabajo, ella no necesitaría esperar la llegada de la luna llena para iniciar su obra. Desde que la vio coser los primeros vestiditos para su muñeca, la abuela supo que ella tenía el kurgin. Sí, sin lugar a dudas, su nieta poseía un verdadero talento.

Aunque siempre había contado con la Kata, esta vez la joven tuvo que prescindir de su ayuda ya que, apenas unas semanas antes, los espíritus de la eternidad se la habían llevado.

Sobre un pedazo de tela roja había dibujado, sirviéndose de un trozo de carbón, un loro entre dos palmeras, como los que veía cada día en la isla donde moraba. Después de cortar y coser el contorno del dibujo sobre un rectángulo de tela de un amarillo candente lo había decorado con retazos de colores diferentes hasta obtener la maravilla que sus ojos contemplaban.

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Primeros párrafos del relato "La Mola"
Publicado en la Revista "Mundo Hispánico"
www.mundo-hispanico.ch
SUIZA - Enero 2011

 
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