La vida te da sorpresas - Relato
Revista Literaria AUCA
Diciembre 2010
Primera parte del relato
(en homenaje al cantante panameño Rubén Blades)
Esa mañana, desde que se levantó, la mujer supo que algo malo pasarÃa. Lo supo por la sensación de pesadez en el centro mismo de su alma; como si una araña, renegrida de pura maldad, acechara cada uno de sus movimientos, para, al menor descuido, atacarla desde su interior.
Era la misma sensación que habÃa sentido cuando la hija de Lola fue asesinada y cuando el marido de su tÃa Luisa se suicidó. Sólo que en esas dos ocasiones el sentimiento de maldad extrema habÃa sido acompañado de sueños premonitorios. Esta vez, sin embargo, no encontró una sola imagen que le sirviera de indicio de la manera en que se desarrollarÃa aquel dÃa.
La mujer revolvió el amarillo encendido de su cabellera, y al advertir que las raÃces negras alcanzaban una altura delatora, se dijo que ese dÃa comprarÃa por fin el tinte para prolongar el coqueto engaño. Los hombres preferÃan las rubias a las morenas y la calle estaba tan dura que lo mejor era hacer el intento de complacerlos.
Estaba a punto de salir de su cuartucho cuando de nuevo tuvo el presentimiento de que algo malo pasarÃa. Se detuvo, volvió sobre sus pasos y abrió uno de los cajones de la cómoda. Hurgó en el revuelto interior hasta encontrar una pequeña pistola que le habÃa sustraÃdo a uno de sus clientes como pago a los servicios prestados.
Recordaba ese dÃa como si acabara de vivirlo. Estaba en “El gato tuertoâ€, el bar donde solÃa encontrar a la mayor parte de sus clientes. El hombre (después supo que se llamaba Pedro), aunque de buena pinta no le habrÃa llamado la atención si, tras haberse sentado a su lado en la barra, y pedido un cubalibre, no hubiera sacado un fajo de billetes. El que estaba a la vista era de veinte dólares. Ella, que se las daba de lista, debió haber pensado en la posibilidad de que no todos fueran iguales. En efecto, algunas horas más tarde, cuando le dijo a Pedro lo que le debÃa por su esmerado servicio, el hombre, todavÃa bajo los efectos de su borrachera, sacó los tres mÃseros billetes de un dólar que le quedaban. Con la intención de desvalijarlo revisó todos los bolsillos, pero lo único que encontró fue esa pequeña pistola. No tenÃa la menor idea de si estaba cargada o no. Ni siquiera sabÃa si era de juguete, pero le gustaba llevarla consigo cuando sentÃa alguna oscura premonición. Y ese dÃa sentÃa, sobre su cabeza, la viuda negra de la amenaza.
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Con el balanceo que tienen los guapos al caminar, el hombre recorre la avenida del rufián. Esconde su rostro detrás de un par de gafas de sol y de un sombrero panamá, cuidadosamente combinado con la ropa y los zapatos. En la esquina de la panaderÃa dobla a la izquierda y, luego de caminar una veintena de metros, se detiene. Mira hacia uno y otro lado de la calle para asegurarse de que nadie lo ve y de una de las ranuras del muro comido por el cáncer de la suciedad retira un objeto. Lo mete en uno de los bolsillos delanteros de su pantalón y continúa con su paso, mitad marcha mitad danza, en dirección del malecón. Ha recorrido media cuadra cuando ve, como cortándole el paso, el callejón. Oscura boca de sombras espesas. Maldito callejón –se dice adentrándose en las sombras y recordando el incidente de la semana anterior.
Publicado en la Revista Literaria y ArtÃstica AUCA
www.aucadelasletras.es
Alicante - ESPANA
N° 20 Diciembre 2010
